Vida en la ciudad: el choque

Somos automáticos, magnéticos, orgánicos. Plantas de enredadera, raíces, espuma imparable que va tomando la ciudad. Riadas de gentes siguiendo la vida ciegamente.
Esto se hace ver cuando andamos por las calles repletas y nos chocamos, casi nos chocamos o hacemos un regate rápido para no chocarnos. Tú ves unos cinco segundos antes del impacto que te vas a chocar, sin embargo sólo puedes decidir rápidamente un lado para el que desviarte. Izquierda o derecha. No se nos ocurre otra opción, el cuerpo andante no piensa.  Es como inevitable, como un destino fatal del tránsito por las ciudades modernas. Un movimiento robótico algo ridículo.
Somos chorros de agua andando, corriente eléctrica, locomotoras torpes sobre las vías, planetas orbitando ciegamente. Hormigas, venas en el asfalto, caminos irreversibles imposibles de inventar, reinventar y volver a inventar.
Es como si decidiéramos de entrada un camino para siempre, y fielmente o con inercia, siguiéramos siempre por los mismos adoquines, pisando cada día la misma raya, la misma mancha de chicle, la misma huella.
Aunque la calle se quedara semidesierta, algún día encontraríamos la intersección de un choque inevitable.    

No hay comentarios:

Publicar un comentario