Primer truco de magia: aproxímese a las alturas

Nunca vi mi verano ahí: en un anuncio, una película, una historia inmortal. La verdad es que nada de esto tiene un trozo de inmortal. La verdad es que no he viajado en furgoneta, descalza todo el día, en columpios sobre la hierba. No he tenido la fiesta eterna, con palmas o una guitarra. No todos los atardeceres fueron perfectos y tranquilos. He tenido resaca, y varias veces la sensación de que otras vidas brillan más.
Decía Bukowski que a veces el encanto disminuye cuado se acerca demasiado a la realidad. Ese es el secreto. Todo es una cuestión de brillo, de distancia, o de estar lo suficientemente cerca.

Siempre quise que todo fuera distinto, que la experiencia, o los recuerdos, tuvieran otra forma, o que no hubiera, por ejemplo. Porque a veces, cuando caigo boca arriba sobre el suelo, entiendo todo como un recuerdo narrado por alguien que no soy yo. Un cinexin sobre las nubes, imágenes en movimiento que sólo veo. Sólo escenas, en ocasiones bellas, que se alejan unas de otras y todas de mí. No dejo de ver la vida como una película surrealista y la muerte como una televisión apagada.
Como los trileros, las sombras chinescas, como la vida ésta que nos están contando y que a ratos me creo. Y no deja de ser un misterio el que desde las alturas todo parezca un decorado ordenado, un movimiento de luces armónico, un va-y-ven de cuerpos sosegados. Como en Cielo sobre Berlín, donde todo parece silencioso. Y más lento, más suave, menos violento. Esa distancia es un truco de magia. Sin conocer lo desconocido, sin el brillo del suelo, sin el roce, sin la agresión. Sin lo demasiado fuerte, demasiado feo, demasiado sucio, demasiado violento.




Porque desde aquí no sé cómo todo llegó a estar donde ahora está. A ser lo que es. No veo la sangre anterior, el caos anterior, el vacío anterior. Parece un orden espontáneo, una creación acertada de la vida de los hombres, una imagen ordenada de una multitud. Y lo único que pienso aquí es no cruzar ese fluir de vidas rítmicas, acompasadas, de vidas que se entienden unas a otras. No entrar en esa horizontal que lo volvería todo caótico, donde la vida estaría ahí, mirándote de frente.
Aquí arriba, como el cuerpo abierto en la mesa de disección, como todas las máquinas, como los mapas, como las plantaciones, como los catálogos, como los cementerios, como las letras y los números, como los pupitres de la escuela, como los adoquines de los caminos, como las horas, los minutos, los día, los años, las décadas. Como las estanterías, las gamas de colores, los lápices numerados o la pureza del chocolate. Ese orden de estar a distancia. De no estar en o entre.    

No hay comentarios:

Publicar un comentario