El plan era otro, pero sin querer o sin darnos cuenta pasamos la tarde en el Parque. Por probar o no sé por qué entramos en un sitio que no conocíamos. No sabíamos el nombre, no sabíamos qué aspecto tenía aquello, qué gente había, qué podíamos hacer allí. Una aventura que por otra parte habíamos planeado para cualquier otro día, sólo por la cosa de hacer algo distinto ahora que es primavera.
Primero íbamos a un concierto. Luego a tomar cervezas a Lavapiés. Acabamos con un helado y unos cigarrillos. Marina desconfiaba, de mí y de todos los demás. Yo exploraba el terreno. Niños en los columpios, gente bebiendo leche, algunos mendigos con bolsas de gusanitos, alguna cerveza. Guitarra, hakis, combas, colores, ruido-de-niños-jugando.
Un conjunto de acontecimientos azarosos nos llevó hasta aquel parque. Cada paso que dábamos en busca de el sitio perfecto para sentarnos y dejar volar las palabras con un cigarro y un helado más lejos dejábamos nuestra idea inicial. Fuel Fandango quedaba a mi espalda perdiendo la oportunidad que había planeado dos días antes. Tampoco importaba, casi siempre improvisamos y ahora como es primavera nos dejamos llevar sin darle mucha importancia.
La gente ajena a nuestras ideas y planes disfrutaba del día soleado y templado que hacía, sentados en el suelo o en los bancos, gente mayor y gente joven, niños, sobre todo, muchos niños apurando las horas del domingo. Sol siempre haciendo fotos con su cámara digital, ahora se le ha quedado pequeña y quiere una mejor. Mi cabeza hacía esfuerzos por recordar lo ya vivido, reconstruyendo los recuerdos pasados en los que ya había estado sentada en ese parque con otras personas, en otro tiempo en el que todo era distinto. Las sensaciones nunca son las mismas, aunque creamos que así es.
Hablamos de la primavera y hablamos de la gente, hablamos de los objetivos, aunque inicialmente sean otros. Hablamos de los árboles y de los saris de las indias. Del color y de la música. De lo conocido y de lo que nos queda por conocer. Y todo esto sentadas en un pequeño trozo de césped, compartiéndolo con otras personas que parecían saber cuál era su lugar allí, sin embargo, creo que a nosotras todavía nos cuesta hacernos con algunos pequeños trozos de tierra en Madrid. Pero los planes siempre son otros.
Por lo que parece, ésta era la finca de Isabel de Braganza, segunda esposa de Fernando VII. Entonces todo estaba lleno de jardines románticos, con paseos curvos y caprichos. Había un embarcadero, un palacete, fuentes, estanques, una noria, esculturas.
No queda nada parecido a eso, después del Casino de la Reina, allí hicieron el Museo Arqueológico, luego la Escuela de Veterinaria o la guardería de los hijos de las cigarreras de la Fábrica de Tabacos.
Muchas vidas ha tenido el lugar.
Hará unos diez años lo rehabilitaron y ahora es un parque que está muy bien, lo mejor que tiene es que está un poco escondido. Y que es público y podemos ir cuando queramos.

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